sábado, 13 de septiembre de 2008

Mi experiencia con la ayahuasca

Era la primera vez que enfrentaba tal situación, tenia algo de miedo, sin embargo opté por realizarla; muchos me decían que terminaban arrojando pues dicha sustancia te ayudaba a botar todos los males o ataduras que tenemos dentro y que debían salir aunque de una manera muy tormentosa.

La sesión comenzó así, todos sentados y en frente de uno, pequeños recipientes, por si ocurriera alguna emergencia.

Se escuchaban cantos y alabanzas los cuales no lograba entender, para esto uno de sus ayudantes nos frotaba tabaco sobre la cabeza y el cuello como protección decía él; hacia el mundo que íbamos a entrar. Una vez terminada la iniciación; el chamán comenzó a entregar la sustancia, la cual tenía un olor fuerte y no medía más de dos dedos de profundidad si mal no recuerdo. Tomé la sustancia y aunque no sentía nada al principio, fue después de media hora que empezó” la gracia”.

Todo me daba vueltas y si quería utilizar mis ojos para alcanzar a ver mejor, éstos terminaban doliéndome. Al principio pensé que sólo se trataba de sentir el mareo y ver puntos de colores, pues, empiezas viendo muchos puntos en forma de rombo que semejan al arco iris, sin embargo, a medida que iba entrando la sustancia, empecé a ver también el aura de las demás personas que estaban a mi alrededor. Estas eran de distintos colores y tonalidades.

Pero lo que me sorprendió dentro de todos esos colores, fue poder captar a algunos entes o personas diminutas, como duendes pequeñitos que semejaban mucho a personajes de la mitología andina peruana como el Tumi, cuchillo de oro con forma humana, que me miraban y cambiaban de formas.

Mucho después me enteré que eran entidades tanto buenas como malas llamados elementales o espíritus de la pacha mama o Madre Tierra.

Cuando empecé a darme cuenta que todo lo que pensaba, comenzaba a mostrarse en imágenes y voces, entendí cómo enfrentar mi experiencia.

Unos la utilizaron para sacar sus males del alma como se diría, pero yo la utilicé para ver más allá y adquirir sabiduría.

Comencé preguntando antes de nada, ¿quién era yo y por qué estaba aquí? De pronto surgió una voz que me contestó: ¡Tú eres un Dios!....Yo empecé a reírme por lo que escuchaba, pues pensé era parte del mareo; pero más allá de la risa, algo me ocurría, empezaba a recordar eventos que ya había vivido antes, hechos ocurridos con anterioridad y que al ponerme en contacto con aquella voz venían al presente. Fue ahí que me encontré con alguien más.

Era una mujer, alguien que yo sabia que la conocía desde mucho tiempo atrás pero que no llegaba a recordarla del todo. Hasta ese instante no le di importancia, sólo me dijo que era una Diosa así como yo un Dios; sólo que ésta la veía vestida de color negro mientras yo me veía vestido de color blanco; para eso todo lo que le preguntaba me respondía y donde iba ella me acompañaba.

Luego de aceptar de alguna forma, lo que me había dicho: que era un Dios; le pedí si me podía mostrar qué era lo que yo como Dios había creado, para tal nombramiento. Fue ahí entonces que me trasladé con ella hacia el espacio; en donde varias visiones empezaron a mostrarse ante mis ojos. Una de éstas fue la visión de varios puntos pequeñitos de luz concentrándose en un solo punto; para luego explotar; similar a la explosión que explican los científicos; como el llamado Big Bang o el inicio del universo. Después de ello aparecieron muchísimas partículas formándose y creándose de la nada.

A medida que iba observando esas visiones iba recordando quiénes conformaban esos puntos de luz. Recordé que esos puntos de luz eran almas que descansan en las estrellas en forma de energía. Recordé cómo todas esas almas o energía habían deseado crear algo para habitar y dejar de estar vagando por el cosmos. Estas energías creaban todo. Su expansión se convertía en partículas que daban pie al origen de planetas, galaxias, órbitas por donde transitan los planetas incluyendo, por supuesto, nuestra querida Tierra. Enfriándose, fosilizándose y materializándose, pero sin dejar de existir, sólo cambiando de un estado a otro.

Recordaba y lloraba. La tierra, los planetas, los animales, y todo ser viviente se había creado y yo lo recordaba. Empezaba entonces a disfrutar cada visión; como un espectador fascinado por lo que veía; sin embargo cada visión que llegaba a mi mente, cada vez arrastraba recuerdos del pasado que yo sentía que ya los conocía. Así que sólo dejé que esta Diosa me los vaya mostrando a medida que se lo iba cuestionando.

Siguió mi recorrido esta vez por el gran espacio sideral, Comencé por el Sol que era el que más me llamaba la atención. Y al estar cerca de éste, sensaciones bellas y cálidas experimentaba como caricias de calor, vida y de aliento por parte de aquel astro, siendo todo una ardiente paz.

De pronto me dirigí al otro extremo instantáneamente, como si hubiera viajado miles de años luz hasta Plutón por decir así, en donde empecé a sentir mucho frío y tristeza. Le pregunté a ella por qué me sentía así y me respondió que me estaba mostrando el otro extremo de la vida.

Llegué luego a Marte y fue ahí donde mi mente empezó a fallar, me sentía perturbado, con ira, rencor, odio y no sabía el por qué. Era como si dentro de aquel planeta hubiera mucha energía conflictiva. De repente, justo llegó el guía que estaba a cargo de la ayahuasca, el maestro como le decían y me frotó unas hierbas y algo de tabaco por la cabeza diciéndome que siga avanzando.

Marte es el planeta de la guerra y cualquier energía negativa ahí la iba a captar mejor, entonces comprendí que los planetas no eran más que las propias antenas de todas las personas y seres vivos que habitaban sobre la tierra; ellos determinan cada cosa que nosotros sentimos y por ello siempre están en constante movimiento.

A medida que recorría cada planeta, aquella Diosa me susurraba, me guiaba, y me hacía recordar todo, pero sinceramente seguía con ese presentimiento de que la conocía de algún otro lado, así que mi curiosidad fue a tal extremo que sin pensar más le pregunté quién era, por qué estaba ahí, y por qué se presentaba completamente opuesta a mí.
Ella sólo se rió y me dijo que era yo mismo. Mi otro Yo, si ella no estaba, Yo no existía y así también se daba la situación inversa. Ella y yo conformábamos la energía que activaba las cosas, creaba la vida y que al estar unificados nos convertía en una sola unidad.

Al escuchar esto llegaron a mi mente varios recuerdos más: vidas pasadas, episodios alegres y tristes con diferentes familias y amigos que hacían que derramase lagrimas a medida que los iba recordando, llegando después a entender que se trataba de mí mismo viviendo en diferentes etapas. Visto esto recordé quién era ya.

Cuando ella se percató de aquello me dijo que ya me había dado cuenta de quién era ya y que debía unirme a ella para poder conocer más. Sin embargo, dentro de todo lo que me decía, sentí algo negativo en su persona lo cual me hizo dudar y tener desconfianza; mi mente racional la rechazaba llegando incluso a pensar que se trataba del demonio tentándome hacer algo que yo no conocía. Y al verla vestida de negro mis dudas se acrecentaron.

Fue entonces que le respondí que no me uniría a ella porque ya sabía quién era, que ya había despertado y que si me unía a ella, tal vez era apartarme de la luz.

Para esto, ella empezó a quejarse de mí y de toda la humanidad diciendo que siempre era igual, que las personas la ven como la mala de la película que sólo quieren el lado bonito de la vida y rechazaban el otro extremo; que sin las experiencias negativas la gente no avanzaría, no habría quién los incentive, que sin ella no concretaríamos nuestras metas, nuestros sueños e incluso nuestro propio equilibrio. Y todo esto lo decía llorando.

Cuando escuché la palabra equilibrio recordé que siempre los dos habíamos existido, cada uno enseñando su parte. Y apartando mi ego y mi terquedad, recapacité y dejé aquel pensamiento que me decía que era un ser negativo. Y al verla sola, triste y agobiada; me disculpé y la consolé diciéndole que no se preocupara, que no estaba sola, que Yo siempre estaría ahí por siempre y para siempre, que siempre ha sido así y siempre lo sería; apoyándonos uno al lado del otro; mientras la imagen del símbolo del Yin Yang giraba en mi frente.



Para ese entonces el chamán y su esposa a lo lejos empezaron a cantar juntos y con alegría celebraban la unión de estos Dioses quienes empezaron a llorar y a fusionarse compartiendo energía y unificándose como un solo Dios.
Después de ello comprendí quién era Dios entonces, recordaba cómo se conformaba y cómo nacía, entendí que esa unión de polos opuestos atraídos por su amor, daban origen a una unidad, o un Todo.

Luego de ello, como si hubiera generado alguna conexión en mí mismo comencé a sentir una luz muy fuerte y brillante que se iba acercando cada vez más; cegándome como el brillo de un Sol, que al aproximarse me hacía llorar mucho sin poder parar. Mis amigos que estaban cerca se preocuparon, pero, les dije que todo estaba bien, pues esa Luz me daba fuerza, poder, alegría, gracia y vida. Esa luz lo tenía todo y la sentí muy cerca. Sin embargo no me dejaba abrazarla aun, ¡qué impotencia!, me sentí mal por ello, tanto fue así que volví nuevamente a desconectarme y separarme.

Le pregunté a ella por qué de tal rechazo, y me dijo que si yo no era fuerte no podría canalizar la energía de Dios. Que sólo podré abrazarla cuando sea la hora de mi muerte. Al escuchar esto deseé morir por un instante para regresar a sentir aquella fuente enorme de poder, amor. Y como si hubiera pronunciado las palabras mágicas o mejor dicho las hubiera pensado, automáticamente empecé a sentirme sin vida; mis piernas y mis brazos los sentía delgados e inertes; mis membranas se iban secando, y yo me veía morir.

De pronto, escuché a ella decirme que me fuera con ella de una vez; que ya sabía que era un Dios y que no debía estar ahí sufriendo; como si el lado más oscuro de su ser se hiciese presente por ratos, tentándome a morir en ese preciso instante; y abandonar mi cuerpo en aquella sesión. Fue entonces que entendí que debía tener cuidado pues por ratos era buena pero por otros semejaba su lado más oscuro, representando al demonio en su aspecto negativo. Y al darme cuenta de ello sentí mucho miedo por tal cercanía. Entonces recapacité y decidí abandonar tal idea para seguir con mi experiencia.

Para entonces llegó el maestro otra vez para saber si me encontraba bien. Me preguntó si quería seguir, le dije que sí, ¿hasta dónde quieres llegar?, me preguntó, yo le respondí, que yo iba a poner el limite; entonces como vio que podía controlar mis pensamientos me ofreció más bebida al ver que mis ansias por conocer eran muy grandes.

Ya la otra parte de la experiencia o al menos hasta que se terminara la segunda dosis que me dio, ya no consistió en conocer a las estrellas y menos a Dios; más que nada se trato de experiencias personales de mi vida, cosas que debía tratar de sacar para poder sanar por dentro, pues todos siempre tenemos cosas que debemos botar para sentirnos mejor.

Fue entonces que el maestro me dijo que mentalizara todo lo negativo que deseara botar y sacar, para que el espíritu de la ayahuasca se lo llevara; empecé a hacer lo que me decía, cuando de pronto pude visualizar al espíritu de la ayahuasca que era una serpiente, que empezó a darme vueltas por todo el cuerpo; para después penetrar mi estómago e instalarse ahí por varios minutos. Mientras tanto empezaba a sentir cómo mi cuerpo emanaba energía hacia fuera; como si me estuviera descargando de algo.

Después de sentirme mejor y ya descargado abrí los ojos y a lo lejos pude visualizar a una serpiente alejándose hasta perderse y desaparecer por completo.








Esta fue mi experiencia con la ayahuasca, la mejor experiencia de mi vida hasta el momento en donde aprendí que todos somos el mismo Dios cuando dejamos que este habite en nosotros, sirviendo de canales de luz en la tierra para ayudar a los demás a despertar; pues somos imagen y semejanza de el mismo y si aprendemos a conectar la mente con Él; evitaremos que el ego, el orgullo, la envidia y todo lo terrenal nos ciegue y no nos permita evolucionar o ser dueños de nuestro destino y de nuestro hogar, la tierra, para poblarla y amarla. Amándonos los unos a los otros como Dios manda. Sin importar cuál es nuestra función en la tierra; de conductor o pasajero, de canal o receptor, de Dios o terrenal, somos una misma energía y esa energía nos convierte en ¡Un solo Dios!